Historia de la asociacion del rifle

A aproximadamente un siglo de haber sido fundada en 1871, la Nra (Asociación Nacional del Escopeta por sus siglas en británico) figuraba de por medio las principales organizaciones de Estados Unidos que militaban a atención del control de armas. Fue hasta mil novecientos setenta y siete que emergió la asociación que actualmente en alba conocen los estadunidenses, luego de que “libertarios” (ultra radicales) que consideraban la posesión de un arma como la extracto de la libertad y fomentaban la precaución general hacia el mando —si no es que alguno tipo de levantamiento armada— le dieron un enemigo golpe dependiente a la dirigencia que la encabezó inclusive ese momento.

 

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Desde entonces la Nra, que alguna vez alentó mejoras en la caza deportiva y leyes razonables sobre el control de armas, se transformó en una poderosa organización política que, mientras que se oponía a las nuevas restricciones sobre el uso de armas de fuego, argumentaba que el adición de éstas debía ser la respuesta a la creciente violencia comunitario, actualmente fuera armando a los pilotos comerciales después de el 11-9 o a los maestros de primaria posteriormente de la masacre de Newton.

Resulta difícil creer que la Nra apoyó el control de armas mientras la mayor parte del siglo Xx y que contribuyó a crear la mayoría de las leyes federales que restringieron el uso de armas hasta la división de los ochenta.

“Históricamente, la directiva de la Nra tenía una mentalidad más abierta sobre el control de armas de lo que algún familiarizado con la ateneo contemporánea pueda imaginar,” escribió Adam Winkler, un académico especializado en la Segunda Enmienda del Colegio de Derecho de la Universidad de California-los Ángeles (UCLA), en su tomo Gunfight: The Battle Over The Right To Bear Arms In America (2011). “La Segunda Enmienda no fue destacado para la identidad de la Nra en la mayor parte de su historia”.

Érase una vez…
La Nra fue fundada en 1871 por dos veteranos del norte mientras la Guerra Civil (de desunión) y un ex informador de The New York Times que alegaba que el conflicto norte-sur se alargó a desenlace de que un mayor número de norteños urbanos no disparaban tan bien a modo los sureños rurales. Inclusive 1977, el enfoque de la círculo no fue pelear por los derechos constitucionales para poseer y emplear armas, sino, como dicta su emblema, la “educación para la seguridad con armas de fuego, ensayo para el tiro, disparar tanto esparcimiento” (en británico Firearms safety education, marksmanship training, shoothing for recreation), desplegado en su sede nacional.

El primer árbitro de la Nra fue el general norteño Ambrose Burnside. Fue electo para que reflejara el ideal de la ciudadanía-armada-como-milicia plasmado en la Segunda Enmienda, que dicta: “una milicia bien regulada es necesaria para la seguridad de un Estado libre; el derecho de la gente de poseer y portar armas no será infringido”.

La deducción de la Segunda Enmienda en tal clase histórica implicaba tener a la procedencia lista para que pudiera asistir en asuntos militares domésticos, a modo alejar asaltos imprevistos en arsenales federales, cosa que sucedió en mil setecientos ochenta y seis con la conjuración de Shay en Massachusetts o en la Guerra Británica de 1812. Su principal enfoque no era exigir los derechos individuales de la posesión de armas tanto actualmente en data, sino tener al pueblo ejercitar para disparar.

La Nra aceptó en ese ciclo 25 mil dólares (equivalentes a 500 mil dólares actuales) del estado de Nueva York para comprar un campo de tiro. Durante décadas, el hueste de Estados Unidos brindó su excedente de armas a la círculo y patrocinó concursos de tiro.

En las décadas de los veinte y los treinta, los líderes de la Nra ayudaron a escribir y respaldaron las primeras leyes federales de control de armas… las mismas leyes que la ateneo descalifica hoy a modo “la cima de la dictadura”. La Decimoctava Enmienda, que prohibía el consumo de alcohol, se convirtió en ley (en 1920, para ser exactos). Con ella llegó el crimen estructurado, o sea, los gángsters pudieron matarse de por medio sí falto ninguna atolladero gracias a la disponibilidad de escopetas y metralletas.

Alrededor de esos años, la Asociación Nacional del Revólver —contraparte de la Nra que entrenaba con pistolas— propuso un modelo de estatuto público que exigía el formalidad de un concesión para cargar un arma oculta, el abultamiento de cinco años a una sentencia carcelaria si un arma era empleada en un crimen y la impedimento de comprar una pistola para todo aquel que no exteriormente ciudadano. Incluso planteó que los productores y comerciantes de armas presentaran registros de ventas a la comisaría y que se creara un periodo de un día de espera de por medio la captación y la conquista de un arma. Ambas son ideas a las que se opone la Nra de hogaño.

Nueve estados pusieron en arranque estas leyes: Virginia del Oeste, Nueva Jersey, Michigan, Indiana, Oregón, California, Nuevo Hampshire, Dakota del Norte y Connecticut. En tanto, la Asociación Americana de Abogados (American Bar Association) había estado trabajando en crear leyes uniformes para todos los estados de la federación. El edad de espera terminó cambiando a dos días. Nueve estados más las adoptaron y pusieron en práctica: Alabama, Arkansas, Maryland, Montana, Pennsylvania, Dakota del Sur, Virginia, Washington y Wisconsin.

Las leyes estatales sobre control de armas no eran polémicas; al contrario, eran la norma. Incluso dispar estados aprobaron leyes que prohibían a sus ciudadanos cargar un arma oculta. En los pueblos vaqueros que Hollywood mitificó e idolatró como el Wild West (el “viejo occidente” o el “salvaje poniente”) era requerimiento judicial que todo ciudadano entregara sus armas al sheriff mientras estuviera adentro de los límites de la ciudad. En 1911, tras un intento de fratricidio al regidor de Nueva York, el estado solicitó a quienes poseyeran pistolas la botín de un conformidad diferente. (Sólo en medio de mil ochocientos sesenta y cinco y 1901 trío presidentes fueron asesinados con pistolas: Abraham Lincoln, James Garfield y William McKinley). Pero estas leyes fueron consideradas tal ineficientes contra los gángsters más violentos de la Depresión.

Durante la masacre orquestada por Al Capone el día de San Valentín de 1929 se pudo ver a hombres disfrazados de policías de Chicago matar a siete rivales con metralletas. La juerga de crimen y disparos de Bonnie y Clyde de mil novecientos treinta y dos a mil novecientos treinta y cuatro resultó ser una sensación nacional. John Dillinger robó diez bancos en 1933, en los cuales siempre disparó al escapar.
El presidente electo en 1933, Franklin D. Roosevelt, hizo del combate al crimen y el control de armas parte elemental de su New Deal (Nuevo Trato) y contó con el apoyo de la Nra para redactar las primeras leyes federales de control de armas: la Ley Nacional sobre Armas de Fuego de 1934 y la Ley de Control de Armas de 1938.

El presidente de la Nra en aquel momento, Karl T. Frederick, un tirador olímpico de 1920 que también era abogado, aprobaba las nuevas disposiciones del Congreso para aumentar el control de las armas. “Nunca he creído en la práctica general de portar armas”, comentó antes de que pasara la ley de 1938. “No creo en la práctica desmedida de llevar armas. Creo que debería ser rápidamente restringida y permitida únicamente mediante la expedición de licencias”.

Estas leyes federales sobre armas de fuego impusieron elevados impuestos al igual que requerimientos de registro para cierto tipo de armas —las empleadas por el crimen organizado, como metralletas, escopetas y silenciadores— haciendo de su posesión algo casi imposible para cualquier ciudadano común y corriente. Tanto los productores como los vendedores de armas de fuego y cierta clase de personas —gente con antecedentes penales, sobre todo— tenían prohibido poseer cualquier tipo de arma. La Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos ratificó estas leyes en forma unánime en 1939.

La dupla entre la doctrina legal de los derechos sobre las armas y los controles sobre las mismas se mantuvo balanceada por casi medio siglo.

En noviembre de 1963, Lee Harvey Oswald disparó y asesinó al presidente John F. Kennedy con un rifle militar de origen italiano que compró por correo gracias a un anuncio que vio en la revista de la Nra, American Rifleman. En las audiencias del Congreso que siguieron al atentado, el vicepresidente ejecutivo de la Nra, Franklin Orth, apoyó la prohibición de venta de armas de fuego por correo.

Pero no hubo nuevas leyes federales para el control de armas sino hasta 1968. Los asesinatos de Martin Luther King Jr. y del senador Robert F. Kennedy resultaron ser la gota que derramó el vaso, considerando que sucedieron luego de varios veranos acalorados por disturbios relacionados con cuestiones raciales en diversas ciudades norteamericanas.

La élite blanca de la política nacional temió la prevalencia de la violencia y que hubiera demasiada gente —sobre todo nacionalistas afroamericanos urbanos— con fácil acceso a las armas.

En mayo de 1967, dos docenas de miembros de los Black Panthers entraron al Congreso de California con rifles para protestar contra un acta de control de armas. Esto llevó al entonces gobernador Ronald Reagan a declarar: “No hay ninguna razón para que hoy en día un ciudadano lleve armas cargadas en la calle.”

La ley sobre el control de armas de 1968 profundizó y reactualizó el sentimiento sobre las armas que se había tenido décadas atrás. Añadió una edad mínima para los compradores de armas, exigió que toda arma tuviera un número de serie y amplió el grupo de aquellos que no podían poseer armas: de gente con antecedentes penales pasó a abarcar a drogadictos y enfermos mentales. Sólo los comerciantes y coleccionistas con permiso federal podían transportar armas entre estados y se tenía que presentar una identificación oficial en caso de comprar cierto tipo de balas.

Pero las propuestas más estrictas —un registro nacional de todas las armas (medida que había sido aplicada por algunos estados durante la época colonial) y licencias obligatorias para todo poseedor de armas— no fueron incluidas. La NRA impidió la aplicación de estas medidas. Orth le mencionó a American Riflemen que “a pesar de que la ley parezca excesivamente restrictiva, los deportistas de Estados Unidos pueden vivir con ella”.